Hay mucha gente esperando. La autopista está cerca y el viaje es corto, pero hay que tomar el bus en el que ponga tu nombre. Te sientas en la parada y alguien más aparece. Su turno llega en un rato. ¿Por qué tienes que esperar tanto? Esta es una parada de las de antes, no hay ningún sitio donde te digan cuantos minutos quedan. Te pones nervioso y botas como si te mearas. Es que te meas. Pero si te vas puede que pierdas el bus y ¿quién sabe cuándo será el siguiente? Pues nada, te aguantas.
La gente sigue llegando. Hay algunos con suerte que se van enseguida y hay otros que llevan ya más tiempo que tú. Ves que se acerca otro autobús. De lejos intentas distinguir el nombre que pone. “No será para mí” piensas. Se para y el conductor grita un nombre. No te das cuenta de que es el tuyo hasta la tercera vez que lo dice. Levantas la cabeza, sonríes y te montas.
- ¿Cuánto cuesta?- preguntas.
- Es gratis, cielo- y te dedica una paternal sonrisa.
Te sientas en la zona de adelante, cerca del amable conductor. Es agradable tener el bus entero para ti. Miras un rato el paisaje, cada vez más verde y luminoso. Pero antes de llegar, el conductor te da un pañuelo negro de seda.
- Póntelo en los ojos, adonde vamos no se necesita ver. Sólo sentir.
No ves nada y tienes algo de miedo. Pero la inquietud y la intriga son más fuertes y te dejas llevar. Notas cómo se para el bus y te coge de la mano. Te ayuda a bajar y te dice:
-Estás en el paraíso, el suelo es verde y el cielo azul. Tú camina siempre hacia delante y llegarás a quien ha requerido tu presencia.
- ¿Así de fácil?
- No, hay una pega. Las murallas.
- ¡A mí nadie me dijo nada de ninguna muralla!
- Pues nada, si quieres nos volvemos a la apestosa ciudad.
-¡No, no, no! Dime, ¿qué hay que hacer con las murallas?
- A medida que vayas avanzando, te las irás encontrando. Algunas son rígidas y fuertes: de ladrillos y cemento. O de piedra. Pero otras son de cartón. Si las rompes se te abrirá ese hueco del camino. Pero si te rindes, te quedarás ahí quieta.
- OK. Gracias.- y empiezas a andar.
- ¡Eh!, recuerda que sólo puedes ir hacia delante. Puedes girar hacia los lados pero no volverte.
Ahora sí, comienzas a andar. Bueno, más bien a correr. Todo lo rápido que puedes. Quieres llegar al final y te da igual si tienes que correr mil millones de metros o sólo dos; la cosa es hacerlo lo más rápido posible. Y sigues corriendo. ¡Mierda! Te habías olvidado de las murallas y te has comido una bien asquerosa. Pero bueno, es de cartón. Y sigues el camino. De repente te paras. Te das cuenta de que no te han dado comida ni bebida y encima te sigues meando. “Vaya una mierda. Esperar tanto para este timo, ¿alguien me habrá visto? Aquí con los ojos tapados en nosedonde corriendo y agotándome para llegar hasta nosequien que requiere mi presencia. ¿Pero qué se ha creído?”. Te sientes engañado y frustrado. Ahora andas un poco más despacio. Pero sigues inquieto por llegar. Y te vuelves a chocar. Esta vez no es de cartón; te resulta muy difícil romperlo pero con un poco de esfuerzo lo consigues. Vas andando y a cada paso que das te encuentras con un muro “¿va a ser siempre así?” Ahora no, no es así. Has encontrado algo bajito, a la altura de los pies y emite extraños sonidos. Te agachas “¡es un cerdo, joder que hambre!” Pero es demasiado pequeño así que decides llevarlo con una cuerdita hasta que crezca. Es puro y calma tu rabia. Ahora cuesta más ir tan rápido, el cochino te entorpece… y llegas a otro obstáculo, el más duro que has encontrado. Te agachas para tener el animal en brazos para abalanzarte con fuerza. Igual que has hecho con los demás. Pero esta vez no funciona. Te tocas el hombro y notas la humedad de la sangre y el escozor de las heridas. Decides sentarte y apoyarte en el muro. Y encuentras algo más: una maza. “¿Una maza? ¡Ostias, seré idiota!” y poco a poco tiras el muro que te corta el paso. Y sonríes. Te sientes feliz, te sientes vital. Y encima el cerdo es cerda, ¡y estaba embarazada! Decides comértela y llevar las crías para más adelante. Vas avanzando y bajas el ritmo de tus pasos. Ahora no andas sin más, ahora tocas todo: el suelo, las plantas, juegas con los cerditos… Pero te desanimas, el camino se te hace largo. Más que largo, ¡eterno! Llega un momento en que te das cuenta de que tu cabeza no resiste más golpes y vas con los brazos estirados por si hay algún muro. De vez en cuando t sientas y descansas, bebes de las fuentes que encuentras. Un día, yendo con los brazos en alto, te das cuenta de que no hay murallas que romper con la maza si no paredes que esquivar. Para seguir adelante oliendo la hierva, respirando tranquilidad y olvidando las ansias por llegar. Disfrutando de todos los pasos que das. Y justo en el momento que más aprecias tu aventura, sientes la mano de una mujer quitándote la venda que cubre tus ojos.
- ¿Quieres hacer otro viaje?